
Junio 7, 2026
El país en modo supervivencia. Empresa y Gobierno.
Aquí estoy, como ellos; hablando de lo mismo.
En 2025 la economía mexicana creció 0.5%. Su peor año desde la pandemia.¹ Y no fue un solo golpe. Pesaron los aranceles, el freno del nearshoring, las tasas, la incertidumbre de las reformas. Todo real. Todo eso lo vivió medio mundo. El estancamiento no es solo lo que nos pasó —es lo que dejamos de hacer mientras nos pasaba. Un país que gastó toda su atención en sobrevivir, y se quedó sin ancho de banda para construir.
Todos enojados.
Cito a mi amigo David Águila, que una vez me dijo: “¿Sabes por qué somos un país perdedor? Todo el mundo está encabronado. Y como dicen: El que se enoja. Pierde.
Voy a decir algo incómodo para los dos lados.
Para los políticos y empresarios. Mientras toda la energía pública, política y empresarial se consuma solo reaccionando a la inseguridad, el país deja de construir agendas de crecimiento.
No escribo desde la derecha ni desde la izquierda.
Ni de colores,
ni banderas,
ni arriba ni abajo,
ni contra de los viejos ni de los jóvenes.
Escribo desde la economía conductual —que es donde veo algo simple.
El diseño del ser humano.
Frente a un peligro, el cerebro entra en modo supervivencia y la mente se tuneliza: se vuelca en lo urgente y se queda sin ancho de banda para lo demás. La economía conductual lo llama escasez —cuando una carencia captura la mente, ya no quedan recursos para otras cosas igual de importantes—.
Que quede claro: la seguridad la da el gobierno. El gobierno es el creador del contexto, y su deber es garantizar a sus ciudadanos el derecho a vivir sin miedo —sin extorsión, sin cobro de piso, sin asalto al negocio, con certeza para invertir y para trabajar. Eso no se negocia.
Es el piso.
Y el piso está roto
La extorsión creció en 20 de los 32 estados.² En mi ciudad, la cifra negra —lo que ocurre pero nunca se denuncia— llega al 96%.³ Es decir: los datos ni siquiera alcanzan a medir el tamaño real del problema. Las empresas terminan invirtiendo hasta el 20% de su presupuesto en seguridad privada,⁴ dinero que no se vuelve sueldo, desarrollo de nuevos productos o expansión. La inseguridad no solo da miedo: frena la inversión y crea incertidumbre para comprar.
El organismo también está roto.
Los organismos empresariales y los sindicatos patronales tienen razón en exigir seguridad. Y aquí separo dos cosas que siempre se confunden. Al empresario al que le cobran piso no le reclamo nada. Tiene derecho a tener miedo, a exigir, a estar harto. La cuenta no es con él. La cuenta es con el diseño del organismo que lo representa. No está roto por sus personas —está roto por su incentivo—: nació para reclamar, no para construir. Reclamar se ve. Construir se tarda.
Ocupados unos, preocupados otros: En el pasado (los datos de inseguridad que nunca se reportaron u ocultaron). En el presente (las extorsiones que no paran). En el futuro (un gobierno que cambia las reglas o no cumple su palabra).
Y ahí queman su energía —tiempo, dinero, esfuerzo—: en mesas de trabajo, en otro comunicado en facebook. Se reúnen los mismos, por lo mismo. La sensación de avance suele ser mayor que el avance real.
Miro a las cámaras empresariales de la frontera norte y veo un patrón, no una excepción: de todo su mercado potencial, apenas un 3% se afilia, y de ese 3%, solo uno de cada cuatro está participando. Una minoría dentro de la minoría carga con todo. No es para señalar a nadie —es un diagnóstico de sus cimientos. Cuando deciden siempre los mismos, se acaban las voces nuevas, y con ellas, las ideas.
Abro posibilidades, por mencionar un ejemplo de muchos:
¿Y si esa misma energía —la del debate— se fuera a crear empresarios? Hay dos jugadas concretas, una para cada lado.
Para el gobierno. Tiene la palanca en la mano: el impuesto. Premiar fiscalmente a quien le apuesta a un joven. No es utopía —ya se está legislando: una reforma al ISR permitiría deducir hasta el 40% del sueldo del primer empleo de un joven, y hasta 60% en sectores como tecnología.⁶ Falta el otro lado de la moneda: que la empresa que le compra a un negocio joven —no solo la que lo contrata— también pague menos impuestos. Y que sea automático, atado a la factura electrónica: donde no hay discrecionalidad.
Para los organismos empresariales. Su trabajo no es legislar —es construir. Programas que de verdad conviertan a un joven en empresario formal. Llevar la empresa real al sector educativo público —de la secundaria a la universidad—: mentores, proyectos reales, puertas que se abren, más posibilidad de afiliados.
Porque hoy, demasiadas veces,
al joven lo invitan a la tardeada,
no a la mesa.
A la foto,
no a la conversación o decisión.
Mientras tanto, una pequeña élite de empresas tecnológicas está redefiniendo la infraestructura del futuro y esa no es la conversación del empresariado ni del gobierno.
El que se enoja, pierde.
Todos enojados. Y sí, hablé de jóvenes. Pero no es por la edad. Es por quién decide. Cuando siempre deciden los mismos, el país no se queda sin gente: se queda sin ideas. Gobierno y empresarios viven en un bucle —ocupados en reaccionar, nunca en profundizar una agenda de oportunidades. La inseguridad hay que resolverla —es el piso. Pero ningún país creció solo por quitarse el miedo: creció por construir contexto. La narrativa no se debate por falta de razón. Es por diseño.